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Un paso adelante

Cuando María se despertó esa mañana, empapada en sudor, supo que aquel día debía de ser el último.

Ya no podía soportar más días de angustia, de sudores fríos y de despertares con miedo. Debía dar un

paso adelante.

 

Ella siempre había sido la típica chica de barrio, aplicada, estudiosa, con su círculo de amigas de toda la vida, de las que no se separaba, hasta que conoció a César, su marido, en el instituto y ya no se separaron. Su vida siempre transcurrió tras los pasos de él, feliz, o al menos eso pensaba, con una bonita boda, y un par de hijos para culminar la familia. Hijos que pensaba que vería crecer, acompañada de su marido, verlos estudiar y partir de su casa, cuando ya fuese una mujer con canas.

 

Todo esto se vino abajo una tarde cualquiera, una más en aquel gimnasio donde se apuntó, agobiada por el estrés diario, por la familia, el trabajo y la casa. Su vida ya no era suya, era de todos menos de ella. Y allí en ese momento conoció a Julia, independiente, liberal y hermosa. Rápidamente se hicieron amigas, muy íntimas, Júlia era alguien que la entendía, que la hacía reír y la animaba, sin pedir nada a cambio, era ese aliento que le faltaba en su día a día. Cada vez fueron más momentos juntas, más confidencias, más ternura y al final fue el amor. Nunca pensó que podría estar con alguien de su mismo sexo, disfrutando, o por lo menos no la educaron así,

pero sí que podía ser, y sí que ocurrió.

 

Fueron meses difíciles, de ocultar la realidad, de no dejar pistas para que nadie sospechase, de angustia hasta que fue insoportable, ella misma ya no se dejaba vivir, ya no podía más. Y llegó ese día, donde tuvo que decirle a Carlos la verdad, que todo había cambiado y que había descubierto que quería una nueva vida, con otra persona que le hacía feliz, que le llenaba sus días como hacía años no ocurría, y que esa persona era Julia, una mujer. Fue un día duro de explicaciones, de frases que no entendían, de reproches y amenazas durante semanas de las familias, pero por primera vez en la vida no dio un paso atrás, lucho por lo que quería y siguió adelante.

 

Ahora estaba allí, recordando ese momento en que se despertó empapada en sudor, angustiada, sacando el valor necesario para decir adiós. Estaba allí de pie, de blanco, en mitad de aquel pequeño jardín, con un grupo reducido de amigos y familia, de nuevos amigos y nueva familia que había tenido que construir durante estos tres largos años de travesía en su nueva vida. Esperaba nerviosa, con una sonrisa, mientras la veía acercarse, a Julia, también de blanco por aquel pasillo entre flores, hacia aquel altar, donde las acompañaba el juez que las tenía que casar.

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