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El Magazine de la comunidad Hispana

Poner los cachos es cuestión de método

Por Jessica Leguizamón

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise, y a veces ella también me quiso. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. Aunque éste sea el último dolor que ella me causa, y éstos sean los últimos versos que yo le escribo. Recita Neruda, probablemente invadido por el dolor del engaño, por la nostalgia del amor perdido, por el amor muerto. Y es que cuando el amor se daña, se acaba, o peor aún, es herido en su orgullo, desencadena una serie de sentimientos que son todo lo contrario, es justamente su ausencia absoluta, es falta de paz y tranquilidad, de armonía, de luz, de alegría. La traición es toda oscuridad. Se han hecho canciones, poemas, novelas trágicas y hasta guerras épicas se han desencadenado por las traiciones, ¿recuerdan el lío que armó Helena de Troya? Para los que no lo recuerdan, Helena era hija de Zeus y dotada de una gran belleza, dicen que era la mujer más bella que ha caminado sobre la tierra, casada con el rey Menelao, en una cena ofrecida para la realeza conoce al príncipe París y decide huir con él, Menelao acabó con un reino por recuperar a su esposa y movilizó un arsenal impensable de tropas para esta guerra. ¿Helena huyó por amor, o por físico sexo?, no lo sabemos.

 

Pero si nos ponemos a analizar esta situación, y a pensar en ¿quién fue el culpable?, encontraremos diferentes puntos de vista, hay quienes pueden culpar implacablemente a Helena por estar comprometida y poner sus ojos en otro hombre, aunque debamos reconocer que el príncipe París haría que cualquier mujer pusiera sus ojos en él, según lo describen las novelas épicas. ¿Acaso la culpa fue de París al buscar a una mujer comprometida, aunque ésta fuera la mujer más hermosa jamás creada?, o definitivamente la culpa fue de Menelao por descuidarla y no darle la atención que se merecía. Engañar es cuestión de método, todos tenemos que justificarnos constantemente por nuestras actuaciones y por su puesto el engaño es la más común. Cuando el amor acaba, no hay culpables, a veces el paso del tiempo no le da tregua, o a veces nos convertimos en personas que no éramos y no podemos asumir el mismo compromiso que pactamos, y es que el amor es eso y debe serlo, un pacto sincero y transparente en el que nos comprometemos a amar, respetar y a ser honestos. Todos tenemos que poder con algo, porque no hay hombres, ni mujeres perfectas y si bien estamos dotados de muchas cualidades que encienden la chispa para que el amor nazca, también estamos llenos de defectos que nuestra pareja no debe amar como dicen en las terapias de pareja, ¿quién va a enamorarse de un defecto? ¡Por favor! pero debe llenarse de amor para comprender y construir una relación duradera.

 

El amor todo lo puede. No podemos condenarnos a vivir una doble vida, a crear un método para engañar, marcos de mentiras, patrones de conducta para ocultar e ir a la cama o a varias camas con la conciencia intranquila, no podemos adjudicarnos la licencia de dañar a los demás en nombre de nuestra felicidad, porque nadie puede ser feliz sobre la destrucción de otro y sobre todo debemos recordar que como dicen por ahí entre el cielo y la tierra no hay nada oculto y las mentiras siempre nos alcanzan y nos pasan una factura muy alta. Hay que aprender a soltar, hay que aprender a perder, y a enterrar el amor cuando no da para más, hay que aprender a decir adiós y a darle luz a alguien que aunque nos acompañó por mucho tiempo merece ser feliz lejos, cuando ya no nos aman hay que saber retirarse, hay que perder el miedo a hablar de lo que sentimos y sobre todo no hay que engañarnos a nosotros mismos. El vacío está por dentro, y ninguna cama lo va a llenar.

 

No hay nada mejor que vivir el amor plenamente aunque nos seduzca lo prohibido. No hay que confundir el amor con el sexo, ni el sexo con el amor y dejarnos claros a nosotros mismos nuestras prioridades, no existe el amor por costumbre, o el amor por conveniencia, estabilidad o interés, no podemos dividir nuestras necesidades en dos o más personas. El amor es uno solo y es luz, siempre, siempre. Cierro tal como dice Neruda, ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Y en nombre de ese amor que alguna vez tuvo, no engañe, ni se engañe. Es verdad, que es tan corto el amor, y es tan largo el olvido, pero hay que despedirse con un último consejo, llorar cuando sea necesario como escribe Gabriel García Márquez, “Entonces lloré por ella y por mí, y recé de todo corazón para no encontrarme con ella nunca más en mis días”. Llore lo que tenga que llorar y después sea valiente y diga adiós.

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