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El Magazine de la comunidad Hispana

La involución del polvo moderno

Por Jessica Leguizamón

Si nos ponemos a analizar la evolución que ha tenido el polvo desde sus inicios hasta nuestros días, nos podemos dar cuenta de que la transformación es notable, ya que en sus primeras apariciones, el coito era utilizado única y exclusivamente para la reproducción, y como animales, la especie humana se reproducía sin cesar para poblar la tierra y ser la especie dominante. Tiempo después, con la aparición de la religión, eran muy comunes los ritos al inicio de la práctica sexual. Se empezaba con oraciones como “señor no es por vicio ni por fornicio sino por darte un hijo a tu servicio”.

 

Se hacía en posición misionero únicamente, por supuesto, sin ningún tipo de preservativo o método anticonceptivo y lógicamente, con el manto para perder la virginidad, un “mantel” blanco tejido en crochet con un agujero en la mitad, el cual la mujer debía ponerse en sus partes íntimas a la hora de perder su virtud. Al otro día el manto debía exhibirse manchado de virtud en el patio de la casa de la ahora señora, para probar que era digna y virtuosa hasta el día de su matrimonio. Recuerdo que en mis épocas de colegio siempre hacía tareas en la casa de mi amiga Adriana y por toda la casa, sobre la sala, sobre el comedor, había “carpetas tejidas en croché” que se parecían mucho a este elemento absorbe virtudes.

 

Me preguntaba si algún día Adriana usaría uno de estos para perder su virginidad, pero no, ya para mi época de adolescente el polvo había evolucionado. Todas mis amigas, una a una, empezaron a perder la virginidad como efecto dominó. Se hacía sin rito, sin oración y sin manto, en su mayoría lo hacían “con amor”, protegiéndose, y con su novio de colegio. Mi historia fue otra, pero después habrá tiempo para contarla con detalles.

 

La evolución del polvo arcaico al polvo de mis épocas de colegio tenía una notable evidencia y era la posición, pues ya no era una sola. El misionero había sido desplazado, el coito se había diversificado con la aparición, por lo menos a la luz pública, del Kamasutra, y por supuesto el hecho de que le era permitido a la mujer protegerse con condones, pastillas, T y una cantidad de métodos anticonceptivos escandalosos para cualquier puritano. Lo más revelador del asunto: no era para procrear, era por puro fornicio, por lo menos para algunas mujeres, porque ya se sabe que la sociedad siempre se resiste a evolucionar y más en temas de sexualidad y es muy típico encontrar en algunas casas vestigios arcaicos del antiquísimo polvo para procrear.

 

Después, en la madurez, me di cuenta de que el polvo había llegado a su máxime evolutivo. Se hacía con amor, porque ya para esta época uno había tenido la oportunidad de conocer el amor. Se hacía con quien uno quisiera, ya no con quien le tocaba casi en venta por los convenios matrimoniales. Se disfrutaba, o casi siempre, no era únicamente para procrear y tener un hijo. Hacerlo o no hacerlo, en la mañana, en la tarde, una o dos veces al día o a la semana, era una decisión personal: el ser humano, tanto en su versión de hembra y de macho, había evolucionado.

 

Pero como la teoría de algunos reconocidos científicos, según la cual cuando se llega al punto máximo de evolución aparece la tan despreciable involución, el proceso de retroceso inevitable,  el polvo empezó a involucionar, y no solo con las generaciones emergentes, sino en toda la sociedad. Así como en el mundo se devaluaron el dólar, el euro y hasta el petróleo, en nuestros tiempos se devaluó el polvo moderno, convirtiéndose en el polvo decadente.

 

Tener sexo, para algunos, hoy en día, es un significado de placer carnal. Se hace con cualquiera. Si se conoció cinco minutos atrás, mejor. Se hace bajo los efectos del alcohol u otras sustancias, en donde caiga, en un baño público, en una discoteca o bar. Se protegen si se acuerdan o si hay con qué y al otro día no se acuerdan ni el nombre de la persona con la que lo hicieron.

 

No me malentiendan, de vez en cuando una aventura salvaje y con un desconocido tiene su encanto y sí que encanta, pero cuando a uno se le va la vida en estos polvos salvajes y carentes de algún significado, más que saciar el profundo deseo animal, uno termina  más vacío que nunca, y probablemente automutilándose emocionalmente, quitándose la oportunidad de hacer el amor, que es la expresión máxima de la sexualidad y la plenitud armoniosa del ser humano, porque hacer el amor es como hacer un buen trío, satisface mente, cuerpo y espíritu.

 

Hay épocas de épocas y personas de personas, pero contemple solo por un segundo la idea de que usted no es solo carne, y por tal motivo, debe ocuparse de satisfacer no solo sus instintos, sino también sus otras dimensiones. Preocúpese a la hora de llevar a alguien a su cama, de asegurarse que lo satisfaga enteramente y no a pedazos, porque eso sí es un mal polvo. Sea apasionado, disfrácese, úntese chocolate, crema batida, lo que se le ocurra, sea diverso, creativo, pero dele a su cuerpo  el valor que tiene, acuéstese con quien quiera, cuando quiera, donde quiera, como quiera y las veces que quiera, pero no se le olvide que usted ya no es un animal y compórtese de acuerdo con lo que mere

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